Tenía una enfermedad visible que todos comentaban en voz baja: los testículos hinchados, grandes, desproporcionados, una carga física que marcaba su andar y su presencia. No era motivo de risa para quienes sabían mirar; era, más bien, una señal de abandono, de un cuerpo que había resistido sin médico ni alivio.
Lo veía siempre en la puerta de su casa del jirón Cuzco y con bastón . Vivía en los márgenes, pero no era invisible. Algunos niños se reían; los mayores bajaban la mirada. Él seguía, obstinado, dueño de un orgullo que no se dejó arrebatar del todo.
Mañu Cóndor no pedía compasión. Exigía distancia. Su presencia
incomodaba porque recordaba lo que nadie quería ver: que el tiempo, la
enfermedad y el olvido también son parte de la ciudad. Que no todos llegan a
viejos con cuidado ni consuelo.
En su juventud vivió el Lima en la década del 40 fue artífice de las grandes invasiones de tierras en el Cono Norte de Lima. La migración provinciana a la capital fue un torrente poblacional, por el crecimiento amorfo del centralismo en desmedro de las regiones, principalmente andinas, y la ausencia de programas de vivienda por el Estado.

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