domingo, 15 de febrero de 2026

MAÑUCONOR DE LOS ESCROTOS GRANDES

Mañu Cóndor era otro personaje. Nadie sabía si ese era su nombre verdadero o un apodo nacido del tiempo. Era muy mayor, tanto que parecía haber envejecido antes que el resto del barrio. Caminaba lento, con el cuerpo vencido hacia adelante, como si cargara una historia demasiado pesada para sostenerla erguida.
Tenía una enfermedad visible que todos comentaban en voz baja: los testículos hinchados, grandes, desproporcionados, una carga física que marcaba su andar y su presencia. No era motivo de risa para quienes sabían mirar; era, más bien, una señal de abandono, de un cuerpo que había resistido sin médico ni alivio.

Lo veía siempre en la puerta de su casa del jirón Cuzco y con bastón . Vivía en los márgenes, pero no era invisible. Algunos niños se reían; los mayores bajaban la mirada. Él seguía, obstinado, dueño de un orgullo que no se dejó arrebatar del todo.

Mañu Cóndor no pedía compasión. Exigía distancia. Su presencia incomodaba porque recordaba lo que nadie quería ver: que  el tiempo, la enfermedad y el olvido también son parte de la ciudad. Que no todos llegan a viejos con cuidado ni consuelo.

En su juventud vivió el Lima en la década del 40  fue artífice de las grandes invasiones de tierras en el Cono Norte de Lima. La  migración  provinciana a  la capital fue un torrente  poblacional, por el crecimiento amorfo del centralismo en desmedro de las regiones, principalmente andinas, y la ausencia de programas de vivienda por el Estado.  



                                                  Mañucondor , de la izquierda y con barba. 

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