domingo, 15 de febrero de 2026

EL LOCO JALISCO

 

En el Huaraz de los años sesenta, cuando la ciudad todavía olía a eucalipto y a polvo recién barrido, apareció él. Nadie supo nunca su nombre. Nadie se atrevió a preguntarlo. Para todos era simplemente el Loco Jalisco ,le gustaba cantar rancheras.

No era joven, pero tampoco viejo. Estaba en ese punto incierto donde la edad ya no importa. Alto, desgarbado, con los hombros vencidos como si cargara un costal invisible, caminaba por la plaza de armas y las calles aledañas con una elegancia rota, de otro tiempo.

En la mano derecha llevaba su tesoro: una correa de cuero gastada, y la otra agarrado  su pantalón para sostenerla .

Te abordaba en la calle, o por las inmediaciones del   mercado —¡ Oee te vendo mi correa !—decía—. Cuero legítimo… aguanta la vida entera.

Pero nadie le compraba.Porque nadie podía.

    Cuando alguien, por curiosidad o compasión, sacaba una moneda y preguntaba el precio, el loco sonreía, mostraba los dientes amarillentos y negaba con la cabeza.

—No se vende —aclaraba—. Solo se mira.

Y entonces, como si la pregunta hubiera activado un resorte secreto, empezaba a cantar rancheras. No cualquier ranchera, sino esas viejas, dolidas, de cantina imaginaria. Cantaba a voz en cuello, con los ojos cerrados, apuntando la correa al cielo como si fuera un micrófono invisible.

🎶 Ay, ay, ay… Jalisco, Jalisco, Ay, ay, ay Jalisco  no te rajes… 🎶

La gente se detenía. Algunos se reían. Otros bajaban la mirada. Las señoras del mercado murmuraban que estaba loco de amor. Los viejos, en cambio, asentían en silencio, como si entendieran algo que ya no se decía.

Nunca pedía limosna directamente. Cantaba. Y al terminar, extendía la correa con solemnidad.

—Pa’ la garganta, nomás —decía—. El canto seca.

Recibía las monedas amarillas. No muchas, pero suficientes.

Una mañana dejó de aparecer. La plaza siguió igual. El mercado también. Pero algo faltaba. Una voz. Un quiebre.

Dicen que alguien encontró la correa colgada en la reja de la iglesia, bien estirada, como despidiéndose. Otros juran haberlo visto subir por el camino a  Pumacayan por Quishki nani (jirón Bolivar), cantando bajito, perdiéndose entre la neblina.

Desde entonces, cuando algún viejo escucha una ranchera mal entonada, se acuerdan del loco Jalisco. 

Todos ellos; y otros que la mente no ayuda a recordar; habitaban la ciudad como se habita una herida abierta. Eran el pulso verdadero de Huaraz. Vivieron antes del sismo, pero también antes del olvido. Cuando la tierra se levantó en 1970 y los borró a muchos, estos rostros quedaron suspendidos en la memoria, intactos, caminando todavía por calles que ya no existen.

Huaraz no era solo adobe y paisaje: era esta humanidad desnuda, imperfecta, obstinada. Y aunque el terremoto partió la ciudad en dos, no logró enterrar a sus personajes. Siguen ahí, donde empieza la memoria.

 

LOS MUTILANES DE HUARAZ


Los Mutilanes eran una familia marcada desde antes de ser comprendida. En el barrio se los nombraba en voz baja, como si el apellido trajera consigo una advertencia. Vivían al borde de todo: de la pobreza, del juicio ajeno, de la normalidad que nunca los incluyó del todo.

El padre era un hombre gastado. Fumador empedernido, alcohólico sin redención visible, sobrevivía reparando cocinas ajenas con manos temblorosas y paciencia de quien ya no espera nada. El humo y el trago parecían sostenerlo más que la fe o el descanso. Trabajaba cuando podía, y cuando no, se sentaba a mirar el día pasar, vencido pero terco.

Su mujer cada tarde se establecía en la puerta del aserradero de Torres Cano, en las inmediaciones del mercado, para vender comida, parecía la mas ecuánime y cuerda , cerca ahí cruzaba la acequia Tunash debajo de la casa de los Pariascas que vendían telas, llegando hasta el rio Santa, pasando por el estadio Rosas Pampa y por la parte posterior de la cárcel.  

Los hijos varones crecieron en silencio. Eran taciturnos, desquiciados a los ojos del barrio, no por violencia sino por ausencia. Costaba saber qué pensaban, qué sentían. Trabajaban donde hubiera algo: en los cines, cargando, limpiando, cuidando puertas, haciendo lo que nadie quería hacer. Sobrevivían sin preguntar, sin quejarse, con una resignación aprendida temprano.

La hija era distinta. Lola era demasiada viva para este mundo estrecho. Hablaba sola, reía sin motivo aparente, rezaba con una fe exagerada, casi febril. La llamaban loca, no por crueldad consciente, sino por ignorancia cómoda y la extroversión que mostraba. Era profundamente religiosa, como si Dios fuera el único que la escuchaba sin juzgarla.

En ella convivían la alegría y el exceso, la devoción y el desborde. Se persignaba a cada rato, cantaba himnos, hablaba de castigos y milagros con la misma naturalidad con que otros hablaban del clima, vendía estampitas religiosas. Su fe no era consuelo: era necesidad. Era el lugar donde su mente encontraba orden.

Los Mutilanes nunca encajaron. No supieron hacerlo, ni el mundo quiso enseñarles. Eran parte del paisaje humano huaracino, tolerados más que aceptados, observados más que comprendidos. Nadie los defendía, pero tampoco nadie los expulsaba.

Crecí viéndolos pasar, incluso trabajé con ellos después del sismo de 1970  en el cine Soraya en el barrio del Centenario,  pintaba los carteles y él los llevaba a la esquina del Tabariz, el otro mas callado, creo controlaba las entradas, mientras yo ayudaba a pasar las películas, o cambiaba de disco LP en el entretiempo.

Los veía personas normales, pero por sus aspectos y actitudes eran raros. Entendiendo sin palabras que la miseria no siempre es económica, y que hay familias que cargan estigmas invisibles, heredados como una condena. Los Mutilanes sobrevivieron como pudieron, sin épica, sin reconocimiento, dejando apenas una huella incómoda en la memoria colectiva huaracina.

Y eso, a veces, es todo lo que queda.


MAÑUCONOR DE LOS ESCROTOS GRANDES

Mañu Cóndor era otro personaje. Nadie sabía si ese era su nombre verdadero o un apodo nacido del tiempo. Era muy mayor, tanto que parecía haber envejecido antes que el resto del barrio. Caminaba lento, con el cuerpo vencido hacia adelante, como si cargara una historia demasiado pesada para sostenerla erguida.
Tenía una enfermedad visible que todos comentaban en voz baja: los testículos hinchados, grandes, desproporcionados, una carga física que marcaba su andar y su presencia. No era motivo de risa para quienes sabían mirar; era, más bien, una señal de abandono, de un cuerpo que había resistido sin médico ni alivio.

Lo veía siempre en la puerta de su casa del jirón Cuzco y con bastón . Vivía en los márgenes, pero no era invisible. Algunos niños se reían; los mayores bajaban la mirada. Él seguía, obstinado, dueño de un orgullo que no se dejó arrebatar del todo.

Mañu Cóndor no pedía compasión. Exigía distancia. Su presencia incomodaba porque recordaba lo que nadie quería ver: que  el tiempo, la enfermedad y el olvido también son parte de la ciudad. Que no todos llegan a viejos con cuidado ni consuelo.

En su juventud vivió el Lima en la década del 40  fue artífice de las grandes invasiones de tierras en el Cono Norte de Lima. La  migración  provinciana a  la capital fue un torrente  poblacional, por el crecimiento amorfo del centralismo en desmedro de las regiones, principalmente andinas, y la ausencia de programas de vivienda por el Estado.  



                                                  Mañucondor , de la izquierda y con barba. 

LA LOCA ALICIA DE HUARAZ

A la loca Alicia nadie la llamó nunca por su nombre completo. El barrio la redujo a un apodo, como si así pudiera domesticar el desconcierto que provocaba. Era una mujer de mediana edad, el rostro cruzado por una belleza antigua y una tristeza persistente, de esas que no se van ni con los años ni con las palabras.

Cada mañana desafiaba a la muerte con un ritual silencioso: se sentaba en la baranda de piedra del puente San Jerónimo, construido con cal y canto, suspendido sobre el río Santa. Allí permanecía, inmóvil, con los pies colgando sobre el vacío, frente al Balcón de Judas, como si dialogara con una traición que solo ella recordaba.
El río Santa rugía abajo, pero Alicia no parecía escucharlo.
Se decía que estaba desilusionada, aunque nadie supo nunca por qué. Tal vez fue un amor mal cerrado, una promesa rota, una fe que no respondió cuando más la necesitó. Lo cierto es que algo se quebró dentro de ella, no de golpe, sino lentamente, como se quiebra una roca bajo el agua persistente.
Había perdido el juicio, decían, pero no del todo. Alicia conservaba una lucidez extraña, selectiva. Sabía exactamente dónde sentarse, a qué hora, y cuándo levantarse. Su locura no era desorden, sino fijación.
El puente era su frontera: entre seguir viviendo o dejarse caer, entre el mundo que la expulsó y el otro que tal vez la esperaba.
A veces hablaba sola. No gritaba, no insultaba. Murmuraba. Parecía responder preguntas que nadie más escuchaba. Su mirada se iba lejos, más allá del cauce del río, como si repasara una escena que se repetía sin descanso en su cabeza.
Los vecinos pasaban rápido, algunos con miedo, otros con indiferencia. Nadie se sentaba a su lado. Nadie preguntaba. Alicia se volvió parte del paisaje, como la piedra del puente o el ruido del agua. Presente, pero ignorada.
Yo la miraba y entendía, aun sin comprender del todo, que la locura no siempre es ruido ni desborde. A veces es una forma extrema de resistencia. Alicia no se arrojaba al río: seguía viniendo cada mañana. Tal vez ese era su triunfo. Tal vez su castigo.
Sentada allí, suspendida entre la vida y la caída, Alicia parecía recordarnos algo incómodo: que hay dolores que no matan, pero tampoco dejan vivir, y que el juicio puede perderse no por debilidad, sino por haber sentido demasiado.
Yo era todavía un niño cuando le hablé por primera vez a Alicia. El puente me imponía respeto, pero su silencio me llamó más fuerte. Ella estaba sentada en la baranda, mirando el río como si fuera una cosa viva que le hablaba solo a ella.
—¿No te da miedo caerte? —le pregunté, sin pensar mucho.
Alicia giró apenas la cabeza. Me miró con curiosidad, no con burla. Tenía los ojos cansados, pero atentos.
—El río no muerde —dijo—. Solo se lleva lo que uno ya no quiere cargar.
No entendí del todo, pero asentí. El agua rugía abajo, como si quisiera contradecirla.
—¿Por qué vienes todos los días? —insistí.
—Porque aquí el mundo se calla —respondió—. Y cuando el mundo se calla, uno puede escuchar lo que quedó adentro.
Me quedé mirando sus pies colgando en el aire. Pensé en mi madre, en la escuela, en el trabajo.
—¿Te vas a caer? —pregunté en voz baja.
Alicia sonrió, apenas.
—No hoy —dijo—. Hoy todavía no.
Luego volvió la mirada al río. Yo entendí que la conversación había terminado. Me fui despacio, sin correr, con una sensación rara en el pecho, como si hubiera aprendido algo que no sabía nombrar.

Muchos años después entendí que Alicia no hablaba con un niño. Hablaba con alguien que aún creía que el mundo siempre tenía respuesta.


EL LOCO JALISCO

  En el Huaraz de los años sesenta, cuando la ciudad todavía olía a eucalipto y a polvo recién barrido, apareció él. Nadie supo nunca su nom...