En el Huaraz de los años sesenta, cuando la ciudad todavía olía a
eucalipto y a polvo recién barrido, apareció él. Nadie supo nunca su nombre.
Nadie se atrevió a preguntarlo. Para todos era simplemente el Loco Jalisco ,le
gustaba cantar rancheras.
No era joven, pero tampoco viejo. Estaba en ese punto incierto donde la
edad ya no importa. Alto, desgarbado, con los hombros vencidos como si cargara
un costal invisible, caminaba por la plaza de armas y las calles aledañas con
una elegancia rota, de otro tiempo.
En la mano derecha llevaba su tesoro: una correa de cuero gastada, y la
otra agarrado su pantalón para
sostenerla .
Te abordaba en la calle, o por las inmediaciones del mercado —¡ Oee te vendo mi correa !—decía—.
Cuero legítimo… aguanta la vida entera.
Pero nadie le compraba.Porque nadie podía.
Cuando alguien, por curiosidad
o compasión, sacaba una moneda y preguntaba el precio, el loco sonreía,
mostraba los dientes amarillentos y negaba con la cabeza.
—No se vende —aclaraba—. Solo se mira.
Y entonces, como si la pregunta hubiera activado un resorte secreto,
empezaba a cantar rancheras. No cualquier ranchera, sino esas viejas, dolidas,
de cantina imaginaria. Cantaba a voz en cuello, con los ojos cerrados,
apuntando la correa al cielo como si fuera un micrófono invisible.
—🎶 Ay, ay, ay… Jalisco, Jalisco, Ay, ay, ay Jalisco no te rajes… 🎶
La gente se detenía. Algunos se reían. Otros bajaban la mirada. Las
señoras del mercado murmuraban que estaba loco de amor. Los viejos, en cambio,
asentían en silencio, como si entendieran algo que ya no se decía.
Nunca pedía limosna directamente. Cantaba. Y al terminar, extendía la
correa con solemnidad.
—Pa’ la garganta, nomás —decía—. El canto seca.
Recibía las monedas amarillas. No muchas, pero suficientes.
Una mañana dejó de aparecer. La plaza siguió igual. El mercado también.
Pero algo faltaba. Una voz. Un quiebre.
Dicen que alguien encontró la correa colgada en la reja de la iglesia,
bien estirada, como despidiéndose. Otros juran haberlo visto subir por el
camino a Pumacayan por Quishki nani
(jirón Bolivar), cantando bajito, perdiéndose entre la neblina.
Desde entonces, cuando algún viejo escucha una ranchera mal entonada, se
acuerdan del loco Jalisco.
Todos ellos; y otros que la mente no ayuda a recordar; habitaban la
ciudad como se habita una herida abierta. Eran el pulso verdadero de Huaraz. Vivieron
antes del sismo, pero también antes del olvido. Cuando la tierra se levantó en
1970 y los borró a muchos, estos rostros quedaron suspendidos en la memoria,
intactos, caminando todavía por calles que ya no existen.
Huaraz no era solo adobe y paisaje: era esta humanidad desnuda,
imperfecta, obstinada. Y aunque el terremoto partió la ciudad en dos, no logró
enterrar a sus personajes. Siguen ahí, donde empieza la memoria.
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