Para la construcción de la represa Gallito Ciego, en el rio
Jequetepeque, distrito de Yonàn Tembladera, región de Cajamarca en 1,980 se inició la expropiación
de tierras en caseríos de Monte Grande, Chungal, inundándose la parte baja de
Tembladera y centros arqueológicos del Gato y Cerro Brujo. En las excavaciones hallaron
chaquiras, representativos del cóndor y camarón, huacos eróticos, máscaras de
plata y estatuillas grabadas parecidas al alfabeto sumerio. Para culminar la
expropiación que no concluyó con el pago de la compensación de tierras a los agricultores afectados, el año
1,999 Antonio, especialista en Saneamiento de predios viajó desde Lima.
El campamento Gallito Ciego, es un complejo que comprende las
viviendas para el personal que labora en el Proyecto Jequetepeque Zaña, las
oficinas administrativas y áreas de esparcimiento, tranquilo y acogedor, además
de la represa y las obras complementarias de la majestuosa obra hidroenergètica.
Antonio además de especialista en el tema, conocía de psicología, especialidad
que no culminó. En Olmos y en Piura, cohesionó sus creencias sobre lo paranormal.
Antonio laboraba hasta altas horas de la noche, afín de
avanzar el trabajo encomendado, en las oficinas adyacentes se oía el traqueteo
de los muebles e impresoras y el fuerte silbido del viento y las sombras de los
árboles atravesaba las ventanas de las oficinas.
Un domingo muy temprano en Tembladera, en la plazuela de este
apacible pueblo entabló dialogo con un anciano de barba blanca y estatura
mediana.
La construcción de la represa, ha dejado muchas
consecuencias… Dijo el anciano
Qué consecuencias -Preguntó Antonio
No basta con la compensación de tierras, inundaron nuestros
caseríos, panteón y hurtaron las reliquias enterradas por nuestros antepasados
los Cupinisques - Dijo en tono lamentable.
Ellos están con nosotros, en las noches de luna sobre la
represa flotan su almas-Siguió contando.
Alguien debe pagar esto, sino estas aguas serán mudo
testigo de lo que vendrá, parece que ha llegado el momento-Dijo.
Antonio creyó totalmente en esto.
-Y quien ese alguien-Se preguntó.
Mientras el anciano de mirada penetrante, con sombrero
blanco cajamarquino cubría parte de su rostro, era extraño para los lugareños,
pero conocedor de los Cupisniques.
Antonio, sacó su
primera conclusión. ¿Él no era de Tembladera, entonces de donde era?
Al atardecer, ambos se despidieron.
En el campamento, luego de la jornada laboral, preguntó al
vigilante de la caseta lo narrado por el
viejo, al que respondió sonriendo que era cierto. Por ello; en las
noches los tractores y maquinarias se encienden solas.-Dijo el vigilante.
En su habitación, Antonio se hacía miles de nudos en su mente,
no le valía para nada sus estudios de piscología, que le permitiera conocer profundamente
al viejo y al vigilante. Tampoco podía lanzar una hipótesis concreta de los extraños
alborotos que sucedían en las oficinas, ni quienes prenden las pesadas máquinas
en las noches.
En sueños fue revelado por el viejo, lo que debía hacer y que
su vida corría peligro, debería ir debajo del puente del campamento, muy cerca a
la segunda caseta, pasando el pequeño bosque seco donde pululan algunos zorros.
Sin ser visto por nadie, colocará un ramo con flores blancas en un cáliz de
arcilla, durante una noche, luego subir al dique frente a la represa con
abundante coca y esperar la nave.
Así lo hizo Antonio, a medianoche; ya en la corona de la
presa, mientras observaba el reflejo de la luna y el perfil de los cerros,
desde el espacio sideral descendió silenciosamente la nave de forma alargada y
brillante, posándose sobre las tranquilas aguas de la represa.
Pasmado, se limitó a ver la máquina muy cerca de él. Bajaron
dos seres también brillantes, de mediana estatura, tembloroso entregó a los
extraños el cáliz, quienes vaciaron el agua a la represa en señal de paz y se
llevaron el ramo consigo, silenciosamente la nave se elevó y antes de desaparecer, desde lo alto el viejo
y el vigilante alzaban sus brazos en señal de despedida.
Tonivil
de la Rueda
31//10/2002
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