Estaba dejando mis traumas de la hecatombe de mayo de 1970, el mismo recorrido desde los módulos instalados sobre las chacras en el jirón Manco Cápac en Nicrupampa, hasta mi colegio La Libertad en la parte baja de mi nuevo barrio.
Por el molino de Debelles cerca de la piscicultura, a través
del angosto puente de palos; llegamos al “aluvión”, y por el pasaje con muros
de adobes entre melocotoneros, capulíes y maizales cruzábamos Yarcash, de éste;
por un desvió al Jirón Ladislao Meza, muy cerca de Molinopampa y Pumacayan y por
el otro desvío a la Alameda Grau, la iglesia San Francisco, y a los terrenos de
la antigua Escuela Normal Mercedes Indacochea ,y mi colegio.
El “aluvión” era un descampado que cubría el margen
izquierdo del río Quillcay, muchas piedras blanquecinas y algunas rocas rojizas
juntamente; con arbustos y animales fueron arrastradas desde la laguna
Palcacocha, por la subcuenca
del río Paria,la avalancha sobrecolmó las tranquilas aguas de la
Jiracocha por la quebrada del Cojup que arrasó e inundó parcialmente la ciudad
en el año 1941.
Desde Unchus y Huanchac muy temprano por el camino
adyacente al río y al “aluvión”; bajaban recuas de asnos con sus cargas de
leña, leche, y maíces en sus lomos. Las hierbas aromáticas y los quesos traían
las campesinas envueltos en sus coloridos «quepis» para venderlos en el mercado
huaracino.
En la arboleda entre el aluvión y Yarcash funcionaba
un horno que expendía pan con «vendaje».El dueño del horno ya había hablado con
Estela para “cachuelar”. Sin titubear en las tardes, luego de mis clases
cruzaba el inhóspito pedregal hacia la casa donde funcionaba el horno de
arcilla.
En una de las tardes me ganó el tiempo, apoderándose la
penumbra; perdí mi sombra y también casi el sendero, a lo lejos sobre las rocas
las flamas de fuego silueteaban perfiles cadenciosos de mujeres, era tal vez mi
borrosa visión o mi enfado por mi tardanza motivada, pensé en las chicas del burdel
cercano que quizás deambulaban por ahí …no; a esa hora ya estaban laborando, o tal
vez las energías caloríficas del intenso sol huaracino atrapadas por las rocas y
su dilatado vaporizante paulatino en el proceso del enfriamiento lítico al
anochecer. Un poco asustado al fin llegué al horno a pernoctar.
Esta labor comprendía aparte de “bolear” la masa antes
de “dormirla”, hacer escobas para barrer el horno; para ello; en la madrugada
me internaba al bosquecillo ;
- Flaco, ¿Cómo amaneciste? Me dijo el panadero.
. -Procura llegar temprano sino las chicas te atrapan.
- Decía, mientras con la pala metía los panes al quemante horno. Después en
grandes canastos los cuayes, panes y bizcochos salían a los minoristas y a las
bodegas. Retornaba a casa con una bolsa de panes con gran “vendaje”, dormir un
poco y seguir la rutina.


