Antu, un joven amante de la geografía y la naturaleza había seguido estudios técnicos en Lima y Huaraz; había recorrido gran parte del norte serrano del país, por necesidad y su proactividad lo empujaba a participar siempre en las campañas de campo del Ministerio de Agricultura.
Lo convocaron para la campaña de
Catastro, en Santiago de Chuco, distrito de Angasmarca, en la confluencia de
los ríos Angasmarca y San Francisco. La comitiva conformados por ingenieros
y arquitectos, también técnicos como
él, se hospedaron en la casa de ex agente municipal de Santa Clara de Tulpo,
quien había fallecido un año atrás, recibiéndoles su mujer y su hija, ésta
última una madre soltera con una hija pequeña.
Muy temprano salieron al campo para contactar
con los campesinos e inspeccionar sus parcelas, muchas veces los agricultores
apreciaban la presencia de los temporales visitantes, Antu había tomado
confianza con Idelfonsina, la hija de la autoridad municipal, quien decía que
el Pedro lo acosa y no sabe qué hacer. Pedro era de Trujillo y tenía su chacra
vecina al padre de Idelfonsina, que ahora ella y su madre la regenta. En las
noches mientras disfrutaban de la mazamorra de calabaza y una panizada .-Este Pedro
es muy ambicioso y violento, por atrapar el becerro de oro se ha quedado cojo, decía.
Una tarde regresó del campo temprano
al hospedaje, y vió sentado bajo el árbol a un hombre a quien le saludó, correspondiéndole
con una venia. Según su descripción física era Pedro, un cuarentón con sombrero
de ala ancha y una daga al cinto, lo que le preocupó a Antu, salió Idelfonsina
a recibirle y aquel se le acercó. - Que hacen ustedes aquí.? Preguntó. -Trabajando, respondió. Notó su
enfado, quitándose su sombrero movía y se rascaba la cabeza, él había notado el
rengueo en su caminar y comprendió lo que Idelfonsina le contó.
En el anexo vecino, en las tardes los parceleros se reunían para vibrar con los encuentros de vóley de la muchachada campesina, al que los técnicos visitantes se integraban, al término les invitaron cervezas y confraternizaron compartiendo mutuas experiencias, los técnicos mas jóvenes no sacaban la vista de las hermosas chicas. Jorge y Antu se enfrascaron a libar; hasta que se les hizo tarde y de inmediato iniciaron el retorno a la posada, en el camino la leve garua se hizo una intensa lluvia, que encharcó el camino, las chacras y las quebradas, guareciéndose en un pajero.
Cesó el
aguacero, también llegó la noche, perdieron el rumbo, solo escuchaban el
estruendo de los ríos, caminaron a tientas, entre pencas y arbustos al fin
llegaron al puente de palos para cruzar al otro lado. Ligeramente la noche se
abrió, pero conservaba su negrura, ya habían pasado lo peor, mojados y
embarrados por el lodo empezaron a gatear sobre el delgado y tembleque puente,
Jorge mas temeroso siguió atrás, Antu volteó la cabeza hacia la intersección de
los ríos y sobre el pasto verde vio un becerro muy brillante, luminoso, parecía
fuego; comía el pasto moviendo su cola.


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