sábado, 21 de junio de 2025

CHICHINOLA

 Como en toda ciudad predominantemente urbana, el corazón de Huaraz late en su Plaza de Armas, con su atractiva cúpula roja y las monumentales torres amarillas. Rodeada de instituciones públicas y privadas que sostienen la economía local. Pero más allá de las casas y negocios andinos y el bullicio administrativo, la plaza es también escenario de una intensa y vibrante trama social y laboral. Allí conviven vendedores ambulantes, canillitas, lustrabotas, lavadores de coches unidos por el pulso diario de la subsistencia.

Entre ellos destacaba un joven canillita —de contextura delgada, mirada viva y voz potente— conocido por todos como “Chichinola”. Nadie recordaba ya su verdadero nombre, pero ese apodo se convirtió en sinónimo de lucha, alegría y esperanza. Día tras día recorría la plaza con su ruma de periódicos bajo el brazo, saludando con simpatía a todo el que cruzaba su camino. Su sueño era simple, pero grande: reunir suficiente dinero para comprarse un triciclo que le permitiera mejorar su negocio, transportar más periódicos y ofrecer otros productos.

Durante meses ahorró con disciplina y esfuerzo, resistiendo tentaciones y privándose de muchos placeres cotidianos. Cada moneda era un paso más cerca de su meta. Finalmente, el día llegó. Con el dinero en mano, firmó los papeles, hizo el depósito y esperó con ilusión la entrega de su triciclo. Pero la promesa se convirtió en un engaño cruel: fue “paseado” durante semanas por el distribuidor local de periódicos que llegaba de Lima, hasta que comprendió que había sido víctima de una estafa.

Aquel golpe fue devastador. No solo perdió sus ahorros, sino también algo más profundo: la fe en las personas. El entusiasmo que lo caracterizaba se apagó, su energía decayó, y pronto cayó enfermo, consumido por el desánimo y la decepción. Sus compañeros de la plaza, solidarios y conmovidos, se organizaron para recaudar dinero y enviarlo a Lima, donde pudiera recibir tratamiento médico especializado.

Pasaron los meses. Un día, casi como un fantasma, Chichinola reapareció en la plaza. Caminaba errante, empujando con las manos vacías un triciclo imaginario. Su mente, fracturada por el dolor y la injusticia, lo había llevado a construir una realidad paralela en la que nunca había sido estafado, en la que su triciclo existía y lo impulsaba hacia adelante.

Los vecinos y colegas lo miraban con tristeza y respeto. Algunos evitaban hablarle directamente, otros lo saludaban con afecto, tratando de no herir su frágil mundo. Él sonreía, convencido de que su esfuerzo había dado frutos, que su sueño era real. Para él, el triciclo invisible era más tangible que cualquier metal, porque estaba hecho del amor propio que había sido quebrado, pero que se resistía a desaparecer del todo.

Chichinola siguió recorriendo la plaza cada día, empujando su invisible carga, como símbolo de una lucha que va más allá de lo económico: la lucha por la dignidad, la perseverancia y la esperanza, incluso cuando todo parece perdido. (Historia contada por Máximo Fernández,  QEPD ,colega de Chichinola en los años 60)



EL LOCO JALISCO

  En el Huaraz de los años sesenta, cuando la ciudad todavía olía a eucalipto y a polvo recién barrido, apareció él. Nadie supo nunca su nom...