Los Mutilanes eran una familia marcada desde antes de ser comprendida. En el
barrio se los nombraba en voz baja, como si el apellido trajera consigo una
advertencia. Vivían al borde de todo: de la pobreza, del juicio ajeno, de la
normalidad que nunca los incluyó del todo.
El padre era un hombre gastado. Fumador
empedernido, alcohólico sin redención visible, sobrevivía reparando cocinas
ajenas con manos temblorosas y paciencia de quien ya no espera nada. El humo y
el trago parecían sostenerlo más que la fe o el descanso. Trabajaba cuando
podía, y cuando no, se sentaba a mirar el día pasar, vencido pero terco.
Su mujer cada tarde se establecía en la
puerta del aserradero de Torres Cano, en las inmediaciones del mercado, para
vender comida, parecía la mas ecuánime y cuerda , cerca ahí cruzaba la acequia
Tunash debajo de la casa de los Pariascas que vendían telas, llegando hasta el
rio Santa, pasando por el estadio Rosas Pampa y por la parte posterior de la
cárcel.
Los hijos varones crecieron en silencio.
Eran taciturnos, desquiciados a los ojos del barrio, no por violencia sino por
ausencia. Costaba saber qué pensaban, qué sentían. Trabajaban donde hubiera
algo: en los cines, cargando, limpiando, cuidando puertas, haciendo lo que
nadie quería hacer. Sobrevivían sin preguntar, sin quejarse, con una
resignación aprendida temprano.
La hija era distinta. Lola era demasiada
viva para este mundo estrecho. Hablaba sola, reía sin motivo aparente, rezaba
con una fe exagerada, casi febril. La llamaban loca, no por crueldad
consciente, sino por ignorancia cómoda y la extroversión que mostraba. Era
profundamente religiosa, como si Dios fuera el único que la escuchaba sin
juzgarla.
En ella convivían la alegría y el exceso,
la devoción y el desborde. Se persignaba a cada rato, cantaba himnos, hablaba
de castigos y milagros con la misma naturalidad con que otros hablaban del
clima, vendía estampitas religiosas. Su fe no era consuelo: era necesidad. Era
el lugar donde su mente encontraba orden.
Los Mutilanes nunca encajaron. No
supieron hacerlo, ni el mundo quiso enseñarles. Eran parte del paisaje humano
huaracino, tolerados más que aceptados, observados más que comprendidos. Nadie
los defendía, pero tampoco nadie los expulsaba.
Crecí viéndolos pasar, incluso trabajé
con ellos después del sismo de 1970 en
el cine Soraya en el barrio del Centenario,
pintaba los carteles y él los llevaba a la esquina del Tabariz, el otro
mas callado, creo controlaba las entradas, mientras yo ayudaba a pasar las
películas, o cambiaba de disco LP en el entretiempo.
Los veía personas normales, pero por sus
aspectos y actitudes eran raros. Entendiendo sin palabras que la miseria no
siempre es económica, y que hay familias que cargan estigmas invisibles,
heredados como una condena. Los Mutilanes sobrevivieron como pudieron, sin
épica, sin reconocimiento, dejando apenas una huella incómoda en la memoria
colectiva huaracina.
Y eso, a veces, es todo lo que queda.
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