domingo, 15 de febrero de 2026

LOS MUTILANES DE HUARAZ


Los Mutilanes eran una familia marcada desde antes de ser comprendida. En el barrio se los nombraba en voz baja, como si el apellido trajera consigo una advertencia. Vivían al borde de todo: de la pobreza, del juicio ajeno, de la normalidad que nunca los incluyó del todo.

El padre era un hombre gastado. Fumador empedernido, alcohólico sin redención visible, sobrevivía reparando cocinas ajenas con manos temblorosas y paciencia de quien ya no espera nada. El humo y el trago parecían sostenerlo más que la fe o el descanso. Trabajaba cuando podía, y cuando no, se sentaba a mirar el día pasar, vencido pero terco.

Su mujer cada tarde se establecía en la puerta del aserradero de Torres Cano, en las inmediaciones del mercado, para vender comida, parecía la mas ecuánime y cuerda , cerca ahí cruzaba la acequia Tunash debajo de la casa de los Pariascas que vendían telas, llegando hasta el rio Santa, pasando por el estadio Rosas Pampa y por la parte posterior de la cárcel.  

Los hijos varones crecieron en silencio. Eran taciturnos, desquiciados a los ojos del barrio, no por violencia sino por ausencia. Costaba saber qué pensaban, qué sentían. Trabajaban donde hubiera algo: en los cines, cargando, limpiando, cuidando puertas, haciendo lo que nadie quería hacer. Sobrevivían sin preguntar, sin quejarse, con una resignación aprendida temprano.

La hija era distinta. Lola era demasiada viva para este mundo estrecho. Hablaba sola, reía sin motivo aparente, rezaba con una fe exagerada, casi febril. La llamaban loca, no por crueldad consciente, sino por ignorancia cómoda y la extroversión que mostraba. Era profundamente religiosa, como si Dios fuera el único que la escuchaba sin juzgarla.

En ella convivían la alegría y el exceso, la devoción y el desborde. Se persignaba a cada rato, cantaba himnos, hablaba de castigos y milagros con la misma naturalidad con que otros hablaban del clima, vendía estampitas religiosas. Su fe no era consuelo: era necesidad. Era el lugar donde su mente encontraba orden.

Los Mutilanes nunca encajaron. No supieron hacerlo, ni el mundo quiso enseñarles. Eran parte del paisaje humano huaracino, tolerados más que aceptados, observados más que comprendidos. Nadie los defendía, pero tampoco nadie los expulsaba.

Crecí viéndolos pasar, incluso trabajé con ellos después del sismo de 1970  en el cine Soraya en el barrio del Centenario,  pintaba los carteles y él los llevaba a la esquina del Tabariz, el otro mas callado, creo controlaba las entradas, mientras yo ayudaba a pasar las películas, o cambiaba de disco LP en el entretiempo.

Los veía personas normales, pero por sus aspectos y actitudes eran raros. Entendiendo sin palabras que la miseria no siempre es económica, y que hay familias que cargan estigmas invisibles, heredados como una condena. Los Mutilanes sobrevivieron como pudieron, sin épica, sin reconocimiento, dejando apenas una huella incómoda en la memoria colectiva huaracina.

Y eso, a veces, es todo lo que queda.


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