A la loca Alicia nadie la llamó nunca por su nombre completo. El barrio la redujo a un apodo, como si así pudiera domesticar el desconcierto que provocaba. Era una mujer de mediana edad, el rostro cruzado por una belleza antigua y una tristeza persistente, de esas que no se van ni con los años ni con las palabras.
Cada mañana desafiaba a la muerte con un ritual silencioso: se sentaba en la baranda de piedra del puente San Jerónimo, construido con cal y canto, suspendido sobre el río Santa. Allí permanecía, inmóvil, con los pies colgando sobre el vacío, frente al Balcón de Judas, como si dialogara con una traición que solo ella recordaba.El río Santa rugía abajo, pero Alicia no parecía escucharlo.
Se decía que estaba desilusionada, aunque nadie supo nunca por qué. Tal vez fue un amor mal cerrado, una promesa rota, una fe que no respondió cuando más la necesitó. Lo cierto es que algo se quebró dentro de ella, no de golpe, sino lentamente, como se quiebra una roca bajo el agua persistente.
Había perdido el juicio, decían, pero no del todo. Alicia conservaba una lucidez extraña, selectiva. Sabía exactamente dónde sentarse, a qué hora, y cuándo levantarse. Su locura no era desorden, sino fijación.
El puente era su frontera: entre seguir viviendo o dejarse caer, entre el mundo que la expulsó y el otro que tal vez la esperaba.
A veces hablaba sola. No gritaba, no insultaba. Murmuraba. Parecía responder preguntas que nadie más escuchaba. Su mirada se iba lejos, más allá del cauce del río, como si repasara una escena que se repetía sin descanso en su cabeza.
Los vecinos pasaban rápido, algunos con miedo, otros con indiferencia. Nadie se sentaba a su lado. Nadie preguntaba. Alicia se volvió parte del paisaje, como la piedra del puente o el ruido del agua. Presente, pero ignorada.
Yo la miraba y entendía, aun sin comprender del todo, que la locura no siempre es ruido ni desborde. A veces es una forma extrema de resistencia. Alicia no se arrojaba al río: seguía viniendo cada mañana. Tal vez ese era su triunfo. Tal vez su castigo.
Sentada allí, suspendida entre la vida y la caída, Alicia parecía recordarnos algo incómodo: que hay dolores que no matan, pero tampoco dejan vivir, y que el juicio puede perderse no por debilidad, sino por haber sentido demasiado.
Yo era todavía un niño cuando le hablé por primera vez a Alicia. El puente me imponía respeto, pero su silencio me llamó más fuerte. Ella estaba sentada en la baranda, mirando el río como si fuera una cosa viva que le hablaba solo a ella.
—¿No te da miedo caerte? —le pregunté, sin pensar mucho.
Alicia giró apenas la cabeza. Me miró con curiosidad, no con burla. Tenía los ojos cansados, pero atentos.
—El río no muerde —dijo—. Solo se lleva lo que uno ya no quiere cargar.
No entendí del todo, pero asentí. El agua rugía abajo, como si quisiera contradecirla.
—¿Por qué vienes todos los días? —insistí.
—Porque aquí el mundo se calla —respondió—. Y cuando el mundo se calla, uno puede escuchar lo que quedó adentro.
Me quedé mirando sus pies colgando en el aire. Pensé en mi madre, en la escuela, en el trabajo.
—¿Te vas a caer? —pregunté en voz baja.
Alicia sonrió, apenas.
—No hoy —dijo—. Hoy todavía no.
Luego volvió la mirada al río. Yo entendí que la conversación había terminado. Me fui despacio, sin correr, con una sensación rara en el pecho, como si hubiera aprendido algo que no sabía nombrar.
Muchos años después entendí que Alicia no hablaba con un niño. Hablaba con alguien que aún creía que el mundo siempre tenía respuesta.
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