domingo, 6 de mayo de 2018

El puente de palos


            
José y Manuel eran arqueólogos y Víctor el asistente, tenían una dura misión de descubrir restos arqueológicos, que los noticieros locales semanas antes, propalaban insistentemente, la existencia de un palacio Real, donde el cacique y sus doncellas yacían junto con cerámicas y metales preciosos.
La casa donde se hospedaban se ubicaba en la ladera del cerro, al otro lado de las excavaciones. Dionisia los proveía los desayunos, cenas y una habitación para los tres visitantes.   
  
Víctor profesaba el catolicismo, pero no era muy devoto de los santos que el pueblo celebraba con borracheras e imágenes. Después de culminar la jornada laboral diaria con los arqueólogos, corría presto a charlar con Dionisia, donde le contaba muchas leyendas y mitos de su caserío y esto a él lo apasionaba.

En una oportunidad, Víctor a su retorno tardío del otro lado de la quebrada, un fuerte aguacero lo sorprendió y para guarecerse se metió a una choza abandonada, llegó la noche con su negrura; llovía intensamente, las horas pasaban; mientras su mente traía a los pishtacos que degollaban a campesinos perdidos en los potreros, un mal recuerdo que grabó su vasta experiencia por Huánuco y Huari, donde laboró antes, también los mitos  que  Dionisia  le había narrado. Volvió en sí y escuchó muy cerca, el croar de los sapos y el desfile de grandes luciérnagas, lo extraño era que el croar, parecían himnos desentonados como un preludio de alguna procesión y la brillantez de los insectos voladores empañaban su visión, retumbando en sus oídos y se acercaban sigilosamente hacia él.

Los arqueólogos llegaron mas temprano al hospedaje, mientras cenaban la mazamorra de calabaza y agua de hierba, comentaban el hallazgo de estatuillas de becerros y batracios de oro. Se fueron a dormir. Dionisia había escuchado el dialogo y se dijo entre si, que los becerros y los sapos habían sido malditos por el dios del Mal y que si la lluvia y la noche se juntaran; algún extraño a esta comunidad, debería ser tragado. Ella; temía por la vida de Víctor, pues había puesto sus ojos en él. Dionisia era de tez blanca y muy hacendosa, desde adolescente ayudaba a sus padres en la chacra al otro lado de la quebrada, cerca de las excavaciones.

Mientras el fogón se apagaba, el mechero a kerosene con su luz opaca iluminaba la habitación de los extenuados arqueólogos. Manuel dormía como una roca y José no pegaba el sueño, Dionisia le gustaba ,por la ausencia de Víctor no se preocupó, él tiene mucha experiencia  como  guía y apoyo   ya llegará, se dijo.

Pasaron las horas, el asistente en su encrucijada había ganado una batalla, estaba en la pendiente, muy cerca al puente de palos que debía cruzar. Cuando desde el rio:
-¡Tú eres un extraño!- No puedes extraer nuestros muertos-Escuchó asustado.
El no creía, estaba a punto desmayarse. Y con fuerza de indio corajudo-Gritó
-¡Que quieren de mí…Carajo...!
En respuesta; un  violento ventarrón lo empujó al barro y casi rueda por la pendiente.

Dionisia, dormitaba sobre el poyo. Como un zumbido de abejas escuchaba el ronquido de Manuel.
Ella tomó una decisión y fue a buscar a Víctor, la lluvia había cesado y la noche se abrió. Tomó la linterna y se alejó hacia la pendiente, José se levantó de su lecho y sigilosamente le siguió sus pasos tratando de husmear, en la oscuridad intentó acosarla. Ella subió la pendiente y encontró balbuceando a Víctor; a rastras cruzaron el puente de palos, ella lo besó, mientras él reaccionaba lentamente.
Entre luciérnagas, mas abajo el estruendo del rio caudaloso tragó a José.








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