José y Manuel eran arqueólogos y Víctor el asistente,
tenían una dura misión de descubrir restos arqueológicos, que los noticieros
locales semanas antes, propalaban insistentemente, la existencia de un palacio
Real, donde el cacique y sus doncellas yacían junto con cerámicas y metales
preciosos.
La casa donde se hospedaban se ubicaba en la ladera del
cerro, al otro lado de las excavaciones. Dionisia los proveía los desayunos,
cenas y una habitación para los tres visitantes.
Víctor profesaba el catolicismo, pero no era muy devoto
de los santos que el pueblo celebraba con borracheras e imágenes. Después de
culminar la jornada laboral diaria con los arqueólogos, corría presto a charlar
con Dionisia, donde le contaba muchas leyendas y mitos de su caserío y esto a
él lo apasionaba.
En una oportunidad, Víctor a su retorno tardío del otro lado
de la quebrada, un fuerte aguacero lo sorprendió y para guarecerse se metió a
una choza abandonada, llegó la noche con su negrura; llovía intensamente, las
horas pasaban; mientras su mente traía a los pishtacos que degollaban a
campesinos perdidos en los potreros, un mal recuerdo que grabó su vasta
experiencia por Huánuco y Huari, donde laboró antes, también los mitos que
Dionisia le había narrado. Volvió
en sí y escuchó muy cerca, el croar de los sapos y el desfile de grandes luciérnagas,
lo extraño era que el croar, parecían himnos desentonados como un preludio de
alguna procesión y la brillantez de los insectos voladores empañaban su visión,
retumbando en sus oídos y se acercaban sigilosamente hacia él.
Los arqueólogos llegaron mas temprano al hospedaje,
mientras cenaban la mazamorra de calabaza y agua de hierba, comentaban el
hallazgo de estatuillas de becerros y batracios de oro. Se fueron a dormir. Dionisia
había escuchado el dialogo y se dijo entre si, que los becerros y los sapos habían
sido malditos por el dios del Mal y que si la lluvia y la noche se juntaran;
algún extraño a esta comunidad, debería ser tragado. Ella; temía por la vida de
Víctor, pues había puesto sus ojos en él. Dionisia era de tez blanca y muy
hacendosa, desde adolescente ayudaba a sus padres en la chacra al otro lado de la
quebrada, cerca de las excavaciones.
Mientras el fogón se apagaba, el mechero a kerosene con
su luz opaca iluminaba la habitación de los extenuados arqueólogos. Manuel
dormía como una roca y José no pegaba el sueño, Dionisia le gustaba ,por la
ausencia de Víctor no se preocupó, él tiene mucha experiencia como guía y apoyo
ya llegará, se dijo.
Pasaron las horas, el asistente en su encrucijada había
ganado una batalla, estaba en la pendiente, muy cerca al puente de palos que
debía cruzar. Cuando desde el rio:
-¡Tú eres un extraño!- No puedes extraer nuestros muertos-Escuchó
asustado.
El no creía, estaba a punto desmayarse. Y con fuerza de
indio corajudo-Gritó
-¡Que quieren de mí…Carajo...!
En respuesta; un violento ventarrón lo empujó al barro y casi
rueda por la pendiente.
Dionisia, dormitaba sobre el poyo. Como un zumbido de
abejas escuchaba el ronquido de Manuel.
Ella tomó una decisión y fue a buscar a Víctor, la
lluvia había cesado y la noche se abrió. Tomó la linterna y se alejó hacia la
pendiente, José se levantó de su lecho y sigilosamente le siguió sus pasos tratando
de husmear, en la oscuridad intentó acosarla. Ella subió la pendiente y
encontró balbuceando a Víctor; a rastras cruzaron el puente de palos, ella lo
besó, mientras él reaccionaba lentamente.

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