domingo, 6 de mayo de 2018

El arte del silencio

Allá por la década del 1970 una tarde, fatigado regresaba de la fábrica en la Av. Colonial, todas las tardes tenia que trajinar ante los ajetreos de la gente y algún empellón de cualquier “frutero” agazapado por la Av. La Colmena. En la plaza San Martin de Lima; el reloj sobre el Cine Metro marcaba las 5.30, la gente una a una iba llegando a este auditorio popular, ahora creo ya no estaba Cirilo Tomba Tomba ni otros charlatanes que vendían sebo de culebra.
La “platea” estaba abarrotada, había llegado tarde a la función vespertina, cuando la luz del semáforo se los permitía algunos pitucos husmeaban desde sus autos; lo que Jorge, marcaba circularmente “su escenario”, con pedazo de tiza blanca, los espectadores habían tomado ya su emplazamiento en las gradas, los cancheros, tamaleros, pasaban y repasaban a esta hora ya era el ágora estaba abarrotada.

Todos ávidos de ver alguna payasada que mitigue el cansancio obrero, o levante el ánimo a los litigantes cercanos al poder judicial del Jr. Azángaro o algún musiquero de la Huerta Perdida, “hacia hora” para “laburar” cuando llegue la noche. Otros cansados, también madres andinas y muchachos bostezando esperando la función.

Saca una bolsa de tela con accesorios de maquillaje, entra a su “camerino invisible”, cierra las cortinas y empieza a pintarse la cara como un payaso, se abre el telón imaginario, dando giros en un pie y contorneándose abre los brazos y saluda a su público quien responde con un sonoro aplauso popular, mientras las bocinas de los vehículos tratan de ensordecer el teatro de la calle. 
Jorge, se tapa sus oídos con sus guantes blancos y prende la grabadora de segundo uso, con música de Vivaldi de entrada, y prosigue repintando el circulo, dando vuelta y vuelta.    
Esperaba oír chistes llenos de vulgaridad, casi morbosos, con jerga incluida como casi todos sábados, que reía a carcajadas, dando rienda suelta a mi instinto ignorante, pero ahora creo que es diferente.    
El mimo Jorge Acuña Paredes, preparara la sopita, pero antes narra su propia historia

“Había llegado a Lima el año de 1952 desde mi calurosa selva de Iquitos; como todo provinciano que llega a la capital; lo primero que hice fue comprar el periódico para a buscar chamba.
Encontré uno a mi medida, fui a la entrevista y conseguí el trabajo en un laboratorio en Breña, el trabajo era mantener a ratas blancas de ojos azules y mi labor era darles de tomar leche cada mañana. El sueldo era 8 soles diario; monto que a las justas me alcanzaba para la cena, no para el desayuno. En una semana adelgacé bajando muchos kilos, no tuve la mejor idea de darle agua a las ratas, y yo tomar el desayuno, iba recuperando mi peso, pero también cada día las ratas se hacían alfeñique y después empezaron a morir.

El gerente mandó en consulta a los especialistas, zootecnistas para saber la causa de esas muertes. En una mañana el Jefe de personal, un tipo flaco, alto, con anteojos oscuros, y con bigotes largos, me sorprendió hirviendo la leche, preguntándome. ¿Para qué hierves la leche, Jorge? - La leche cruda me cae mal - Le contesté.
Mi osadía y mas que toda mi necesidad fue puesta de conocimiento al gerente, un tipo gordo, velludo y casi calvo, con terno de casimir inglés, un reloj Olma de oro, que marcaba el tiempo de la vida de los obreros del laboratorio, casi agresivo me acusó que no tenia compasión de sus apreciadas ratas, tomándose su leche.
¿Porque te tomas la leche de mis ratas?
Señor gerente me tomo la leche de sus ratas, porque con los 8 soles diarios que me pagas no me alcanza para tomar desayuno. Entonces mirando el suelo un momento, y luego enfiló su mirada hacia a mí y señalando con el dedo índice la salida de la oficina; me dijo que me retirara. Desde entonces hago mimo en las calles del Perú y del mundo”.  

A mi frente tenia a un hombre con trajín que con su lenguaje gestual expresaba sus experiencias y aprendizajes, era un mimo/pantomima, el arte del silencio.  Una creación colectiva de la calle y para la calle. Sin luces ni cortinas, solo el cielo humeado como escenario
La fantasía e imaginación se entrecruzan con el movimiento, la palabra está ausente, representa actitudes y hechos de hombres y animales, o una esperanza o una quietud. El silencio es el lenguaje universal.
Hoy en esta plaza presentó la “sopita”, que muchos no quisieron tomar. Después pasó el sombrero y eché algunas monedas amarillas.










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