domingo, 6 de mayo de 2018

Nuestro Rio Santa



Del glaciar y sus deshielos níveos en la quebrada Tuco se recolectan como filigranas naturales para dar vida al rio Santa en la laguna de Conococha que discurre hacia el Norte, abriéndose paso entre las cordilleras Blanca y Negra. La corriente hídrica ha calado la maciza naturaleza tectónica de la corteza terrestre dejando una profunda zanja a cuyos lados se elevan glaciares y campos cordilleranos y el impresionante paisaje natural, el Callejón de Huaylas.

La cordillera blanca con extraordinarios y bellos parajes alto andinos, es la prolongación geológica de la cordillera de Huayhuash que se extiende desde Cajatambo. Cruzar las montuosas morrenas del cuaternario glaciar, lagunas y taludes de la agreste geomorfología andina y avistar los gigantes de hielo casi perpetuos en blanca procesión que marchan en silencio, las lagunas de aguas turquesas, es una aventura sin par. La cordillera negra con sus vientos cálidos que traspasan del mar, hacia el occidente auguran tiempo de siembras, de menos friaje y clima acogedor.

Zigzaguea levemente su cauce, sin torrenteras extremas que le molesten, en las noches nos habla con su lenguaje apesadumbrado, su discurrir de sus aguas es bullicioso propio de un viaje pausado, no está pasivo. Es el distintivo de la cuenca andina, el intemperismo y la erosión arrastran los sedimentos angulosos de la montaña a nuestro rio, éste con sus aguas vírgenes y el golpeteo incisivo transforman en clastos, suavizando sus formas angulosas atraves del tiempo, “a la mala” se vuelven en cantos rodados, ya ovoides se convierten en diminutos cascajales; en su meandro con arcillas, limos y arenas.

Sus hidrógenos burilan imperceptiblemente el paisaje serrano, en nuestro mundo viviente lo biótico y lo inerte coexisten enredándose sabiamente para dar formas de vida, modelando belleza ante nuestros ojos. Las tarucas abundan en las cordilleras también los cóndores; ambos divisan al “Hatunmayo” desde distintos escenarios, el ave desde lo alto no pierde de vista el discurrir, tampoco el mamífero de un cuerno que recrea gozoso su hábitat.

En la noche;  en los refugios andinos el frio entume y el viento gélido silba en el pajonal de las zonas de protección; en el día  los rayos del sol ayudan a que los vientos suaves y frescos asciendan ”gateando” por las  faldas de las terrazas y por  el verdor de los campos, cerca al rio los eucaliptos erectos , la fila de altos magueyes, las retamas amarillas en los cercos parceleros y los senderos , las enormes pencas espinosas y los gigantones en los caminos reales, nos conducen a pintorescos parajes y pueblos; a mas altitud los bosques de alisos y quiñuales. Los caseríos con sus iglesias antiguas de adobes, una cruz en señal de una llamada perdida, sus entrañables plazas de tierras con algunas bancas para despedir la tarde, calles maltrechas y polvorientas, sus casitas con tejas y calaminas muy cerca a sus chacras. Estos villorrios están distribuidos en las quebradas que drenan hacia el rio, en la jalca los bofedales y en la puna los extensos pastizales con el íchu esperanzador y los nevados que “lloran” el cambio del sinuoso “progreso” y los efectos de la “modernidad”. 

Los aluviones de Huaraz, (1941) Ranrahirca (1961) y Yungay (1970) accidentalmente volcaron todo su lodo como un vendaval, la ira de las avalanchas y aludes, es apaciguada por el rio que soporta las recias precipitaciones, el relámpago y la lluvia lo vuelve más caudaloso aun; después su lecho reduce su ímpetu avasallador, se vuelve dócil en el invierno y se sobresalta en el estío. Es la vida cíclica del pótamo. 

Desciende marcando su pendiente desde sus orígenes, en su itinerario hídrico apertura sus alveolos a sus tributarios desde Recuay, hasta Huaylas, pasando por Huaraz, Carhuaz y Yungay, que se descuelgan en sus dos márgenes y aportan sus aguas cristalinas al pótamo; empoderándose con el caudal de sus riachuelos y las quebradas que se activan en épocas veraniegas, en Huaylas atraves de las rocas ígneas y graníticas origina energía eléctrica en el Cañón del Pato – Huallanca. Hacia el Oeste en la provincia del Santa en la bocatoma de Chuquicara su afluente principal, “entrega dadivosamente sus aguas a los valles de La Libertad y Chimbote, Nepeña y Casma, en la desértica costa de escasa flora, el solitario zapote y el algarrobo reverdecen, las lagartijas ya no se solean simplemente, sino “aplauden” por el olor a tierra húmeda. El espejismo costeño ya no es intenso, el “Santa” dió vida al desierto seco, para luego descansar en el ancho mar.  
Todos los climas del mundo en un pedazo del planeta, una cuenca; desde el polar en los páramos y jalcas hasta las zonas cálidas en las profundidades del valle, en las vertientes con sementeras productivas y los floridos encantos de las palmeras y el geranio.
Las culturas se trastocan y los hombres envejecen; sin memorias ni recuerdos mueren, pero el rio sigue ahogando al tiempo; que por su lecho y sus riberas pretende horadarlo, sin conseguir esa osadía natural.

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