Su látigo largo hecho de cuero de oveja ,resonaba circulando en el aire al contacto con el suelo; cada vez que le gritábamos..... !!Chihuaa zaaapra negro jetonnnmnn....!!!, ante este golpe que explosionaba en nuestros oídos infantiles solo atinamos a correr. Él con gorra oscura de cuero, una máscara con barba y bigotes largos., y su jo.jo.jojojooo iba abriendo camino a la tropa de huanquillas que danzaban en fila de dos, con plumas coloridas en la cabeza,atuendo blanco con cintas coloridas que colgaban en cruz sobre los hombros ,una espada en una mano y un broquel de madera en la otra, el elemento cortante y el broquel friccionaban con fuerza guerrera como si fueran enfrentar al demonio y sus huestes. Atados a sus piernas colgaban sonajillas metalicas que ritmiaba con el jo,jo jojojo del Chihua.
Ahora, en un vaivén de ida y
vuelta , en fila de a dos , daban vueltas
y vueltas al compás del pincullo y la roncadora, armonizando con su
danza musical las elegías duales ante el Santo Patron de la Soledad o la arremetida
de los Apus a la inocente Killa (Luna),que cada mayo como un pacto
recorrían las estrechas calles de Huaraz, desparramando con su jo..jo joojoj.en su arte mítico.
Ya en la plazuela los familiares
de la tropa, ayudaban al descanso esperando la adoración al Santísimo,no solo
ellos, sino los shachas, con atuendos blancos y bandas coloridas cruzadas con espejuelos en el pecho, montera
de plumas sobre la cabeza y
peluca, máscara traslucida de malla,un delantal en la cintura, las shacapas o cascabeles
en ambas pantorrillas, que suenan shaac
shac shac de ahí su nombre. El campero orienta a la cuadrilla de la danza ritual
agrarista, son acompañados por los chiskas, cajas y el violinista.
En las noches, los "cuetes" se elevaban desde la
diestra mano del cuetero, con cigarro inka encendia uno a uno,los carricillos
con pólvora y con un swing y boom..boom
retumbaba en el oscuro cielo y
que las avellanas las coloreaban.
Mi madre sabía cuando vestía la chamuscada, y mis desapariciones nocturnas repentinas ,tenía una cita con la
rueda, el fuego, la fiesta y el jolgorio infantil.
Los atahualpas grupo de danzantes venían desde Paramonga, al estilo de los nativos norteamericanos con atuendo de los pieles rojas, cherokees,o tal vez navajos, con plumajes desde la cabeza hasta los talones, incluso sus calzados eran una copia fiel de los siox. Aunque el nombre era del último inca, presuponiendo una odiosa mixtura. Después de la octava y la quema del castillo en la Plazuela de la Soledad, los danzantes cumplidores de su fé, retornaban a sus lugares de origen. Nuestra algarabía infantil había culminado.

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