En algún caserío rural de Ancash, una mujer tenía una hija de nombre Petronila entre la adolescencia y la juventud, cariñosamente Peta, en sí, una guapa muchacha, pastaba el ganado, hasta altas horas de la tarde. En una de éstas, de entre los cristalinos manantiales de repente apareció un pequeño joven, de apariencia atractiva y de cabello rubio.
Asustándose al principio, luego le convenció robándole
su amor, llevándole en sus velludos brazos a las profundidades del bosque, enseñándole
joyas y mucha plata. Ella sorprendida, pero satisfecha con ese desconocido de
los distanciados potreros y pasivos puquios.
Casi junto con la noche llegaba a su
casa rebosando de alegría, muy contenta. Desde entonces su madre notó su cambio
de actitud.
En
el caserío, todos comentaban que la presencia en las chacras del Ichic Ollco “pequeño
hombre”, era presagio de pérdidas de cosechas y muerte de sus animales. Más aún
que una de las muchachas esté siendo cautivada por este ser. Enterándose de las
habladurías; su madre intrigada decidió seguirle, cruzando pencas y pitajayas,
ralos bosquecillos y senderos desdibujados, vió a su Peta y su ganado; y desde
los arbustos apareció el jovencito que con gestos llamó a Peta, abrazándola y
ocultándose por los adentros.
Su madre frotándose
sus ojos, alzando su sombrero y moviendo su cabeza. -De donde es ese jovencito?,
es desconocido. -Que voy ser con mi hija.? - Pensaba.
En el pueblo con mucha tristeza contó a sus
familiares. - Báñalo comadre, báñalo con bastante ajos y ruda. -Le aconsejaban.
Aseada con pollera limpia y manta colorida, se
fue a pastar como siempre. El fuerte olor hizo que el Ichic Ollco enojado
emergiera desde las profundidades, acercándose a ella. - Porque me has hecho
esto, toda esa fortuna era para ti, ya lo perdiste.
Ella con la cabeza agachada; se lamentaba en
silencio y cuando alzó la cerviz, frente a ella el diablo la miraba fijamente.
Enmudeciendo.

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