- Antu a dónde vas.?
Escuche el llamado como un eco sin darle importancia, con trancos; a veces corriendo por el mercado, Tábariz y Fitzcarrald ya estaba en el «aluvión», zona desértica donde las culebras y lagartijas se solean bajo el candente sol huaracino de cualquier estación. Era un pedregal descampado con rocas graníticas blancas que cubre el margen izquierdo del rio Quillcay, sobre una gran roca, una cruz de concreto en recuerdo de los que partieron con la avalancha de diciembre de 1941.
Las chiquilladas con sus padres ya habían copado las grandes piedras. De la pequeña bolsa de tocuyo desenredé rápidamente el pabilo lanoso; atándola a mi cometa, el hilo era débil ante el viento que arreciaba, soltaba con estrategia hondeando para que mi cometa alce vuelo.
- Vuelaaa cometitaa.! la cola era muy larga, la acorté y se elevó medianamente.
- Miren ese cometaaa.!..decían.
La turbulencia en las alturas lo hacía «cabecear» lo bajé, desde la gran roca, le puse mas cola, empecé a hondear y alzo nuevamente el vuelo.
Solo el mío en los aires, volaba tan alto que la madeja hurtada a mi madre no alcanzaba, los chiquillos empataron sus madejas a la mía, en el cielo era un diminuto barrilete que apenas se veía, a esa altura el viento era pasivo… y ellos querían mi cometa.
Mas tarde, en la casa después del “sermón”, por no hacer caso el llamado, con la cabeza gacha por la pérdida de la madeja de hilo y mi repentina «desaparición”, le entregue veinte centavos, había vendido mi cometa voladora.
A esta hora el aluvión era “tomado” por parejas de enamorados que desplegaban sus caricias detrás de las inmóviles rocas y el descanso de los alacranes. Emprendí una nueva forma de aportar. Vendiendo cometas.

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