Llegué al anochecer a la cabaña de la abuela, mientras buscaba una
bufanda; estaba en un dilema; ir a verla o dejar de pensar en ella. Bajé sigilosamente
por las escaleras de maderas para no causar sospechas de mis encuentros con ella
a estas horas de la noche, no me he puesto mejor para esta cita; mis andrajos y
la sudadera extrañan un buen remojo, también yo un buen chapuzón con esta agresiva
lluvia.
Sobre el aparador unos cigarrillos aliviaron mi
fantasía juvenil, con las bocanadas de humo calentaba mi cuerpo y el frío del
ambiente nocturno. Una gran foto de su familia adornaba los empolvados muros de
pino; ella una guapa adolescente que desde entonces cautivó mis sueños.
El viejo violín colgado frente a mí, parecen
tensar sus cuerdas y oír una melodía que aún me recuerda cuando la conocí en la
Sinfónica, como un entalle en flor de primavera, grababa mis sentimientos,
temía soltar la guitarra prestada.
La vajilla permanece lista para el desayuno
de mañana, seguramente espera un visitante que no sea yo.
Mientras la esperaba en la gaveta encontré una
carta amarillenta y borrosa.
Te amo Isabel, Peter, concluía la vieja
carta.
-Ahora comprendo su alejamiento y porque me abandonó
repentinamente.
Ahora la va pagar - Pensé
-Esta maldita lluvia a qué hora menguará.?
Una voz femenina como un eco lastimero repitió
su enojo por el aguacero. – Amor, llegaste para calmar mis angustias. -Esta
será nuestra noche.
Las ventanas golpearon fuertemente entre sí asustándole.
Cogió el cuchillo apretó sus amarillos dientes; entrecerró sus nublados ojos.
-No, primero quiero despedirme en esta tiniebla. Sollozó.
La lluvia se intensificó, los truenos reflejaban en los empolvados cristales de las ventanas; su desencajado rostro cubierto con su rojiza barba, apenas susurraba para sí. Bruscamente se dió la vuelta y la vió sentada, con las piernas cruzadas y un blanco vestido de encaje. Su faz y sus manos parcialmente descubiertos; la luz tenue impedía ver su esplendorosa belleza como antaño.
No se atrevió a acercarse a la mujer de su cita, su cuerpo transpiraba y empapaba su chaqueta, frotándose sus ojos, mientras su dulcinea trasponía la puerta-Mi amor vuelve…
Con el ceño fruncido y dando vuelta sobre sí; sus flacos y blancos brazos estaban tirantes, sus venas pulsaban, e intentó cortarlos, pero se detuvo, soltó el cuchillo y asomándose al muro de las roídas tablas rompió en hondo llanto.
A esa hora el ímpetu de la tormenta fue intensa y amenazaba perpetuarse hasta el amanecer. Volvió a resolver su encrucijada sobreponiéndose de su fallida decisión, por la ausencia de lo que mas amaba.
La cita había culminado; al igual que la lluvia; cavilando unos pasos recostándose junto a los botellones tóxicos, muy cerca al viejo mueble durmió para siempre.


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