Como consecuencia del terremoto del 31 de mayo de 1,970 que azotó el departamento de Ancash; siendo los más afectados las provincias del Callejón de
Huaylas, Yungay había sido arrasado por el alud originado por el desplome de una gran mole de hielo del Huascarán, salvándose de milagro muchos niños que
asistían al circo “Berolina” desde el cementerio vieron como sus casas eran devoradas por el aluvión, que solo dejó a salvo cuatro palmeras como mudos
testigos de la tragedia.
Las viviendas del centro urbano de Huaraz se derrumbaron totalmente quedando en pie el barrio del Centenario y José Olaya.
A dos meses de ocurrido el desastre, el hedor contaminaba el aire huaracino, era nauseabundo, algunas
gentes todavía rescataban sus escasos enseres y ropas en sus viviendas destruidas, los damnificados se habían instalado precariamente en las afueras
de la ciudad como Nicrupampa, Shancayan, Pedregal, Los Olivos y en otros lugares sin riesgos aparentes.
Empezando a remover los escombros con maquinaria pesada, los que perdimos a nuestras familias, siempre junto a las máquinas, se había perdido la
noción del espacio físico y las ubicaciones de las calles, en cada pala mecánica levantada nuestros ojos se empapaban y nuestras mentes nos trasladaban
al pasado cercano, esperando alguna respuesta. Levantaba consigo los cuerpos aplastados por una fuerza violenta; en proceso de una momificación sin ritos y
pertenencias para “la otra vida” de nuestras familias, fue repentina y brusca sus partidas, obligada por la fuerza telúrica
de los Andes.Reconocíamos a nuestros seres queridos dándole una sepultura cristiana
en el abarrotado y semidestruido cementerio Presbítero “Pedro García Villón” (antes Pilatarac). Obreros de la mina Santo Toribio apoyaron la remoción,
abrieron una gran fosa, descargando volqueadas de cadáveres no identificados y otros irreconocibles debido al avanzado estado de descomposición o sus familiares estuvieron ausentes.En esa
fosa común deben existir al menos dos millares de los sesenta mil que desaparecieron aproximadamente ; sólo en Huaraz.
En lo que fue la escuela Santa Elena con frente a la Plaza de Armas, vecina al hotel España, regentada por madres alemanas, ellas cuidaban extremadamente a las niñas, siempre mantenían la reja asegurada hacia la calle. Ese domingo se convirtió en una trampa mortal, fue el triste final de una celebración infantil. Recuerdo todavía su entrada una gran reja verde y pasillo ancho y corto, luego un jardín ovalado amayolicado en la parte central. El cargador frontal levantaba maderas, desmontes y restos de fierros retorcidos y las
manitos de nuestras hijitas vestidas de blanco, apiñadas, con sus dulces y pasteles.
Una a una íbamos reconociendo a nuestras angelitas, ya sea por los aretes, anillos y otros atuendos que llevaban, estaban irreconocibles. Las madres y familiares rompían en llanto y se desmayaban, por ello siempre nos
acompañaba la ambulancia del hospital. Encontramos a Irma, ella con su listón rojo en la cabeza y la medallita de oro que le regaló su madrina Domicha,
acompañé a Gustavo su padre para su velación. El terremoto también le arrebató a su esposa y un menor hijo.
En el Jr. Sucre quedaba la Sociedad de Auxilios Mutuos de Obreros y Artesanos de Huaraz, institución que agrupaba a carpinteros, zapateros, talabarteros, sastres y otros oficios, tenía un local de dos pisos con techo de calamina, enlucida con yeso y portón de madera. Los socios, por lo general vestían sus sacos oscuros; algunos con sombreros, se relajaban jugando casino, billar y al cubilete, por supuesto con un caliche bien cargado por cada apuesta perdida,
luego del relajo los socios se retiraban a sus casas muy picaditos.
Las veces que fui a la Sociedad, me entretenía jugando damas, ludo y hasta
casino, aprendí algunos trucos relacionado a la física clásica, con una sola mano absorbían el agua del plato a un vaso y se colocaban en la frente, dibujaban
con sus sombras siluetas de animales en las viejas paredes del local, la magia del casino perdido, y que decir de los chistes cantineros.
Los viernes acudían
muchos artesanos para la tertulia nocturna y el ocio entretenido. Contaban que un zapatero que vivía al final del Jr. Castilla, cerca de la morgue del
Hospital de Belén; estuvo al borde del secuestro por los “guardias del diablo” que lo esperaban agazapado en su puerta mientras trabajaba hasta altas horas de la noche. Un talabartero que labraba en suela; monturas
y accesorios para cuadrúpedos en su viaje a los Conchucos, durmió sobre un cadáver enterrado con pajas, los traslados a esos lugares se hacían a lomo de
bestia y duraba días; ni que decir de los encuentros con los pishtacos (en realidad eran los abigeos).La loca Alicia, una mujer de mediana edad que desafiaba la muerte sentándose cada
mañana en la baranda de piedra del puente San Jerónimo construido con cal y canto sobre el río Santa, frente al Balcón de Judas.
Eran sus historias, reales o no, me causaban intriga. Era fantástico,
realmente era gente de una generación que hicieron grande a Huaraz, creo que ahora ya no están aquí.Los directivos de la Sociedad, los artesanos Justo Llaxacondor y
Guillermo Dulanto Beas; sobrevivientes de la catástrofe, presenciaron la remoción de escombros, ayudando a reconocer a algunos colegas caídos.
A partir del terremoto del 31 de mayo, Huaraz empezó a cambiar bruscamente,
el barrio del Centenario se fue convirtiendo temporalmente en el centro de relativo crecimiento. Las tradiciones empezaron a soslayarse, las costumbres
fueron trastocándose y perdiéndose atraves del tiempo, mientras la reconstrucción dilataba la esperanza de los huaracinos.
La directiva de la Sociedad de Auxilios Mutuos de Obreros y Artesanos de Huaraz, en un desfile por el día del obrero.

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