Muy temprano la ciudad de Huaraz,
duerme todavía; mientras la aurora dibuja el perfil de las cumbres, desde las
vertientes se siente el perfume botánico a eucalipto que habita en la acequia; que
se descongela de la gélida temperatura de la madrugada. El aroma silvestre de
la floresta cordillerana empieza a fluir por la atmósfera urbana, el viento
frio pretende romper el sueño mañanero de la intelectualidad y burocracia local.
El cielo va perdiendo el azul marino de la noche que cubría la roja cúpula de
la catedral; se colorea de celeste marfil y las estiradas nubes traslucen las
dos torres de amarillento ocre pálido que se yerguen venciendo al aire denso
que contrarresta su mirada al cielo. En los mercados; los matadores del camal afilan
el punzón para beneficiar el ganado llegado de Pariahuanca; las mamachas
preparan sus mates para recibir la sangre caliente de la enclenque vaquilla, y
los perros disputan con sus filudas fauces una tira de tripas, mientras los
cargadores ordenan el pecan caldo con bastante ají y harta cebolla.
En el Jirón Comercio; se ve a
muchachos haciendo cola para acopiar el “El Departamento”, se estiran bostezando
como si estuvieran en sus viejos catres, los panaderos dejaron de ser sonámbulos
nocturnos para terminar de hornear los panes y cuayes.
Desde Pumacayán, donde duermen nuestros
antepasados; con sus tesoros y la magia de su laberinto encubierto debajo de las
escaleras rocosas, el fuego nocturno es el testigo del cofre escondido. Los
gallos ya dejaron de cantar, el sol con sus rayos empieza abrazar Punta Callan en
la cordillera Negra y rápidamente irradian los techos de las tejas huaracinas y
las calles aun vacías esperando las sonoras voces del canillita; mientras Zonzo Mutze de bigotes ralos y con gorra a medio
lado; alarga los pasos con su canasto al hombro repartiendo panes a las tiendas
y besos volados a las huaracinas madrugadoras.
A esta hora, por último, van apareciendo algunas
campesinas con polleras coloridas y sus blancos sombreros con prendedores y
cintas, sentándose en las gradas líticas de ingreso a la catedral y ofrecer la
leche de vaca. Los que abastecen de productos alimenticios del Callejón y los
que se ganan la vida con sus oficios obligadamente aprehendidos no descansan.
Aunque hoy es domingo 31 de mayo, día de relajo, la ciudad no pierde su
dinamismo.
Anoche fue la fiesta de
cumpleaños de “Vitucho” Delgado con huaynos del Jilguero y la Pastorita,
que fue de “rompe y raja”. Apagó un cirio bendecido por el Señor de La Soledad,
que representaba sus 75 “mayos”; que
no aparenta, se mostraba fuerte y corajudo con sus “zapateos” y fugas. Todos en
la familia Delgado-Ramírez, estaban exhaustos del jolgorio ofrecido en honor al
patriarca.
Él,
muy religioso salía de la misa en la catedral, tomándose unas fotos con
alpinistas suizos que se dirigían a Yungay, para “encimar” al Huascarán “disque”
eran amigos de los Yánac. Se fue a casa, ante la ausencia de su esposa y sus
dos hijos, que se fueron muy temprano a sus chacras en Picup en la cordillera Negra.
Se dirigió al cementerio Presbítero Pedro García Villón (anteriormente conocido
como Pilatarac) para visitar a su padre quien “partió” en el aluvión de 1941. La subida al panteón a ambos lados había
una retahíla de sauces y una acequia regadora que bajaba desde Bellavista perdiéndose
por La Soledad, daba la impresión de una gran ladeada alameda verde. En el día de
todo los Santos, las vendedores de buñuelos,
cuchicanca , chicha de jora y otros platillos ,abarrotan este bulevar
natural , los niños se ganaban unos centavos pintando cruces, vendiendo flores y
cambiando los floreros para el
difunto que descansa.
En la tarde dormitaba en casa, un
pequeño temblor despertó su quietud, sobreponiéndose rápidamente , las paredes
tambaleaban como vaivenes azotados por el fuerte viento, sus viejos cuadros
caían uno a uno, el movimiento telúrico se hizo más intenso, y él no encontraba
la salida al Jr. Belén, puesto que su vivienda tenía muchos compartimentos, una
huerta y un patio. La tercera ola sísmica “levantó”
la casa desde los cimientos. Vitucho repetía en su mente el sermón del cura y
recordaba la “conversación” con su
padre en el panteón. Apenas cruzó del umbral para salir a la calle, cayeron los
adobones y tejas de las casas del frente, intentando volver; los muros y el
techo de la casa se desplomaron derribándose totalmente, volviendo al umbral,
arrodillado y sereno aun, mientras caían estruendosamente los terrados, en
cuestión de segundos los desmontes pretendían enterrarlo vivo, llegándole la
tierra y los palos hasta el cuello.
La tierra dejó de sacudir, todo
era una locura, caminaban sobre los desmontes sin saber a dónde, las calles
habían “desaparecido”, toda era desolación. En la noche en la plazuela de
Belén, los sobrevivientes curaban las heridas de Vitucho. Por su fé fue salvado. (La plazuela de Belén, antes del sismo)

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