domingo, 10 de junio de 2018

Debajo del umbral



Muy temprano la ciudad de Huaraz, duerme todavía; mientras la aurora dibuja el perfil de las cumbres, desde las vertientes se siente el perfume botánico a eucalipto que habita en la acequia; que se descongela de la gélida temperatura de la madrugada. El aroma silvestre de la floresta cordillerana empieza a fluir por la atmósfera urbana, el viento frio pretende romper el sueño mañanero de la intelectualidad y burocracia local. El cielo va perdiendo el azul marino de la noche que cubría la roja cúpula de la catedral; se colorea de celeste marfil y las estiradas nubes traslucen las dos torres de amarillento ocre pálido que se yerguen venciendo al aire denso que contrarresta su mirada al cielo. En los mercados; los matadores del camal afilan el punzón para beneficiar el ganado llegado de Pariahuanca; las mamachas preparan sus mates para recibir la sangre caliente de la enclenque vaquilla, y los perros disputan con sus filudas fauces una tira de tripas, mientras los cargadores ordenan el pecan caldo con bastante ají y harta cebolla.
En el Jirón Comercio; se ve a muchachos haciendo cola para acopiar el “El Departamento”, se estiran bostezando como si estuvieran en sus viejos catres, los panaderos dejaron de ser sonámbulos nocturnos para terminar de hornear los panes y cuayes.       
Desde Pumacayán, donde duermen nuestros antepasados; con sus tesoros y la magia de su laberinto encubierto debajo de las escaleras rocosas, el fuego nocturno es el testigo del cofre escondido. Los gallos ya dejaron de cantar, el sol con sus rayos empieza abrazar Punta Callan en la cordillera Negra y rápidamente irradian los techos de las tejas huaracinas y las calles aun vacías esperando las sonoras voces del canillita; mientras Zonzo Mutze de bigotes ralos y con gorra a medio lado; alarga los pasos con su canasto al hombro repartiendo panes a las tiendas y besos volados a las huaracinas madrugadoras.
A esta hora, por último, van apareciendo algunas campesinas con polleras coloridas y sus blancos sombreros con prendedores y cintas, sentándose en las gradas líticas de ingreso a la catedral y ofrecer la leche de vaca. Los que abastecen de productos alimenticios del Callejón y los que se ganan la vida con sus oficios obligadamente aprehendidos no descansan. Aunque hoy es domingo 31 de mayo, día de relajo, la ciudad no pierde su dinamismo.

Anoche fue la fiesta de cumpleaños de “Vitucho” Delgado con huaynos del Jilguero y la Pastorita, que fue de “rompe y raja”. Apagó un cirio bendecido por el Señor de La Soledad, que representaba sus 75 “mayos”; que no aparenta, se mostraba fuerte y corajudo con sus “zapateos” y fugas. Todos en la familia Delgado-Ramírez, estaban exhaustos del jolgorio ofrecido en honor al patriarca.
Él, muy religioso salía de la misa en la catedral, tomándose unas fotos con alpinistas suizos que se dirigían a Yungay, para “encimar” al Huascarán “disque” eran amigos de los Yánac. Se fue a casa, ante la ausencia de su esposa y sus dos hijos, que se fueron muy temprano a sus chacras en Picup en la cordillera Negra. Se dirigió al cementerio Presbítero Pedro García Villón (anteriormente conocido como Pilatarac) para visitar a su padre quien “partió” en el aluvión de 1941. La subida al panteón a ambos lados había una retahíla de sauces y una acequia regadora que bajaba desde Bellavista perdiéndose por La Soledad, daba la impresión de una gran ladeada alameda verde. En el día de todo los Santos, las vendedores de buñuelos,  cuchicanca , chicha de jora y otros platillos ,abarrotan este bulevar natural , los niños se ganaban unos centavos pintando  cruces, vendiendo flores  y  cambiando los floreros  para el difunto que descansa.         

En la tarde dormitaba en casa, un pequeño temblor despertó su quietud, sobreponiéndose rápidamente , las paredes tambaleaban como vaivenes azotados por el fuerte viento, sus viejos cuadros caían uno a uno, el movimiento telúrico se hizo más intenso, y él no encontraba la salida al Jr. Belén, puesto que su vivienda tenía muchos compartimentos, una huerta y un patio. La tercera ola sísmica “levantó” la casa desde los cimientos. Vitucho repetía en su mente el sermón del cura y recordaba la “conversación” con su padre en el panteón. Apenas cruzó del umbral para salir a la calle, cayeron los adobones y tejas de las casas del frente, intentando volver; los muros y el techo de la casa se desplomaron derribándose totalmente, volviendo al umbral, arrodillado y sereno aun, mientras caían estruendosamente los terrados, en cuestión de segundos los desmontes pretendían enterrarlo vivo, llegándole la tierra y los palos hasta el cuello.
La tierra dejó de sacudir, todo era una locura, caminaban sobre los desmontes sin saber a dónde, las calles habían “desaparecido”, toda era desolación. En la noche en la plazuela de Belén, los sobrevivientes curaban las heridas de Vitucho. Por su fé fue salvado.  (La plazuela de Belén, antes del sismo)















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