La
mañana está un poco fría como siempre, Huaraz y el callejón de Huaylas cubierto
por una bóveda azul y sus nubes blancas como algodones surcan el cielo desde
Centenario hasta Bellavista y desde el Puente San Jerónimo-Los Olivos hasta
Pumacayan.
Estudio
en el colegio La Libertad, la botánica me apasiona, tengo el herbolario a punto
de terminar para mi presentación en
junio; solamente me falta algunas raíces tuberosas y hojas aserradas, Hernán Henostroza es mi profesor cariñosamente para nosotros “mitrón” por su amplia frente.
El
profesor Luis Vergara Palacios por su baja estatura lo llamamos “Vergarita”; amante
de la filosofía, gracias a él; tenemos un juicio crítico sobre la realidad social,
la vida y la muerte.
Para
mañana tengo tarea de lenguaje, no tengo la bibliografía a la mano; en la tarde
iré a la biblioteca municipal. La Instrucción Pre - Militar, IPM es fuerte; el
nuevo suboficial llegado de Lima, es muy “verde”; nos está convirtiendo en
soldados del servicio militar obligatorio, estoy con el cabello crecido y tengo
que ir a la peluquería de la calle Comercio.
Ya
en la tarde; no fui a la peluquería tampoco a la biblioteca, mi madre me resondró
hasta casi darme a correazos, esta mañana como nunca fui “malcriado”, mi
comportamiento fue extraño, casi nunca le desobedecía.
Vivimos
en una casa entre en el jirón Cajamarca a una cuadra de mi colegio, cerca de la
panadería Robles y la Escuela Primaria 3449 Toribio de Luzuriaga y unas duchas públicas.
Don
Juan (*) tiene un borrego, le llamamos Pancho, lo capeamos como un torete en el
patio de la casa con Luis (*) y Marco (*), hijos de don Juan y Benigna. (*)
En
la tarde, con Pancho y los muchachos del barrio fuimos a la cancha de mi
colegio, detrás del Salón de Actos, peloteando y toreando al animal, otros
distraídos en cosas de chiquilladas.
Son
las 3.24 de la tarde, Pancho se queda pasmado, percibe el movimiento telúrico,
la tierra se remece como un vaivén, nos abrazamos en círculo con Pancho al centro,
un remezón mas intenso en sentido contrario y otro de abajo hacia arriba como
una gran ola. La ciudad se oscurece con la polvareda, las casas se desploman
sobre los postes y los cables eléctricos “vibran” como tensas cuerdas, caen los
muros de adobes y “vuelan” las tejas, los vecinos salen despavoridos y son
aplastados en la calle, algunos se salvan. Nosotros seguíamos asustados e inmóviles,
era una eternidad.
Salimos
rápido atraves del cerco de mallas y no ubicamos la casa; donde reina la
confusión y desesperación; los desmontes han desfigurado el trazo de las calles
y manzanas, todo está irreconocible. Es asfixiante, no hay agua en las cañerías.
-
¡Agua...agua...! la gente grita.
-
No es el aluvión como en diciembre de 1,941 - Pensé, como me había contado mi
madre.
La
gente de las duchas, con tollas y casi desnudos corriendo sin saber adónde, otros
enterrados hasta el cuello tirados y aplastados, muchos heridos. Es un griterío
y caos total, todos piden auxilio. En la casa destruida, don Juan protege la
puerta de su sencilla bodega con adobes que el sismo no pudo quebrar.
-
Mi mamá, mis hermanas donde están. -Preguntamos a Don Juan.
-
Ella está adentro, tus hermanas se han ido al cine Radio. –Respondió.
Con
Luis y Marco no sé cómo entramos a lo quedaba de la casa, en el pequeño jardín
Doña Benigna abrazada al árbol de melocotón rezaba incesantemente.
-
Mi mamá. - Le pregunté.
-
Se ha ido al horno de Ocopampa.
-
Y mi hermano Víctor. -Volví a preguntarle.
-
No está aquí, se fue con ustedes.
Luis
y Marco caminando o casi corriendo sobre los desmontes fueron al Cine Radio hasta
el jirón Comercio, a buscar a sus hermanas Alejandra (*) y Juana, (*) que no lo
encontraron.
Voy
a Ocopampa, cerca al Mercado (Chico) Central N° 2, mi madre volvía tambaleante sobre
los escombros con su canasta vacía, la cabeza sangrando, las canillas con
llagas y las rodillas heridas. Llorando ante tanta gente agonizante, casi cayendo
sobre los desmontes y terrados, llegamos a la cancha de mi colegio; es nuestro refugio.
El
cielo de Huaraz está oscureciéndose, parecía que ya iba anochecer, pero aún era
temprano, seguían llegando vecinos sobrevivientes a la cancha, con sus
familiares heridos, tendidos sobre colchas o simplemente sobre el suelo, unos
agónicos, otros graves, muchos deambulando por la desaparición de un familiar o
vecino, otros ya cadáveres sin sus almas.
Mi
madre avisa a don Juan que mi padrino Joaquín (*), vecino del barrio está vivo
entre los escombros en su zapatería; sobre él ha caído el techo del segundo
piso. Escuchamos su auxilio a varios metros abajo, con barretas, serruchos, mantas
y sogas lo rescatamos aún con vida.
Oscurecía
trágicamente; don Robles regala panes y cuayes, aunque duros están deliciosos; la
tierra no cede; sigue temblando, pero con menor intensidad, la guardia civil pide
tranquilidad, ronda por los restos de la “ciudad bombardeada” alumbrando sus luces
al cielo. Olga fue tumbada por los adobes estando embarazada, agónica encarga a
su comadre doña Benigna que cuidare a su hija Irma, que ha ido a la fiesta infantil
en su escuela Santa Elena en la Plaza de Armas.Mientras a Gustavo su marido, se
le pasó la borrachera y llora su muerte.
Entre
ayes y llantos, el silencio de los muertos y temblores, al fin todos vivos, anoche,
fue terrible, pero alcanzamos al lunes, mas frío que siempre, el cielo era una
bóveda oscura, con sus nubes rasgadas por las almas que partieron. Esa noche se
hizo interminable.
(*)
Los nombres de las personas han sido cambiadas. Tonivil de la Rueda Lima, setiembre 1978

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